La displasia de la cadera

Definición

La displasia de la cadera, también llamada displasia coxofemoral, está definida por la Federación Cinológica Internacional como «un trastorno del desarrollo de la cadera, que genera una inestabilidad de dicha articulación». Ello se traduce en una mala congruencia de las superficies articulares. La cadera es una articulación que pone en juego a una región particular de la cadera, llamada acétabulo, que forma una cavidad, y la cabeza del fémur. En presencia de una mala congruencia, la cabeza del fémur no penetra suficientemente en el acétabulo y éste no recubre adecuadamente dicha cabeza del fémur. Esta enfermedad afecta a numerosas razas, especialmente al Labrador. Un porcentaje no despreciables de sujetos (entre un 10 y un 20%) parece afectado por la enfermedad, según estadísticas establecidas por las instancias cinológicas internacionales (FCI, Orthopedic Fundation for Animals…) sin embargo, este número está probablemente subestimado, ya que numerosos casos no están censados. Además, el porcentaje de sujetos afectados varía según las líneas y las poblaciones. 

Aspectos clínicos

 
Sintomatología
La enfermedad puede presentarse de dos maneras, según se trate de un cachorro en pleno crecimiento o de un adulto.
Los signos pueden aparecer desde las primeras semanas de vida. El perro de menos de un año, en crecimiento, presenta anomalías en la postura y el andar. En la postura, los miembros posteriores se sitúan ligeramente hacia atrás, y los tarsos cerca uno del otro, con el objeto de minimizar la presión sobre la cadera. La posición sentada, es a menudo asimétrica, con un miembro extendido, y el otro replegado bajo el cuerpo del animal, dando la impresión de que el perro se sienta sobre el miembro. El cachorro de Labrador que padezca esta enfermedad, también se sentará de una forma muy particular, doblado sobre sí mismo, con los dos miembros relajados a cada lado, dando como resultado una posición de rana. En los primeros momentos, se observa un andar llamado «contoneado», con las corvas apretadas, una movilización simultánea de los traseros durante la carrera, con un paso llamado «salto de conejo». Estas manifestaciones están más ligadas a la inestabilidad de la articulación que a una sensación de dolor. Éste sólo aparece algún tiempo después de los primeros síntomas, y se manifiesta con frecuencia, por crisis y episodios de cojera aguda de corta duración. El déficit funcional se vuelve entonces más importante, con un animal reacio a levantarse, andar, correr, subir escaleras o saltar. Este dolor está ligado a fenómenos inflamatorios de la cápsula articular y microfracturas, estiramiento de los ligamentos.
 
Con frecuencia, tras estas fases dolorosas en el crecimiento, viene una fase clínicamente muda, sin signos clínicos notables, además de una mayor tendencia al cansancio. Esta fase muda puede durar desde algunos meses, hasta varios años.
 
A continuación, el perro adulto manifestará signos locomotores. El animal no tolerará el ejercicio, preferirá sentarse, presentará dificultades para levantarse y cierta rigidez, especialmente después de un largo período de inactividad, por ejemplo, por la mañana. Pueden aparecer cojeras unilaterales o incluso bilaterales, especialmente tras un ejercicio intenso o prolongado. Estos signos clínicos  están ligados al desarrollo de artrosis a nivel de cadera. No existe correlación entre las crisis artrósicas y la inestabilidad de la articulación. Asimismo, las crisis pueden ser más o menos frecuentes, largas e intensas. La atrofia muscular aparece a consecuencia de la rigidez y el dolor. 
 
Diagnóstico
 
El objetivo es establecer el diagnóstico con la mayor precocidad posible. En primer lugar, se realizan los test de palpación. En cualquier caso, se trata de manipular el fémur. Si en un primer tiempo, es posible extraer ligeramente la cabeza de fémur de su alojamiento y colocarlo de nuevo, el animal puede considerarse displásico. Estos distintos test tienen por nombre test de Barlow, test de Ortolani, test de Barden, y pueden realizarse muy pronto. Sin embargo, es imposible deducir de un test negativo que el animal está a salvo de la displasia, ya que sólo permiten detectar un número muy reducido de animales enfermos.
 
El diagnostico radiológico es el utilizado con mayor frecuencia. Este examen se practica siempre con anestesia general. La posición mas frecuente es la recomendada por las instituciones americanas, australianas y europeas (OFA, FCI,…). El animal es situado boca arriba, con los dos fémures en paralelo. La congruencia se evalúa estudiando la posición y la cabeza del fémur, el aspecto del espacio entre el fémur y la pelvis, y la presencia eventual de modificaciones artrósicas. También es posible calcular el ángulo entre la horizontal que pasa por el centro de las cabezas femorales y una recta que une este mismo centro y el borde del acetábulo, del lado correspondiente. Éste se llama ángulo de

Norberg-Olsson. Esta técnica puede utilizarse muy pronto en el labrador, alrededor de los diez meses. Sin embargo, se aconseja no practicarla hasta pasado el primer año.

 
Otro método es el desarrollado en la universidad de Pensilvania por el profesor Smith: Pennsylvania Hip Improvement Program o Método PennHIP. Sin embargo, este método es objeto de una patente y requiere una formación específica. El animal es colocado boca arriba, se aplica firmemente un sistema de distracción ajustable sobre la pelvis, permitiendo separar ligeramente los miembros. Este sistema permite calcular un índice de distracción o índice de laxitud específico de la raza, indicando el grado de estabilidad de la articulación. Un método similar se utiliza en la universidad de Zurich en Suiza. Estos métodos parecen más sensibles que la tecnica clásica. También permiten un diagnostico más precoz, ya que la técnica puede utilizarse desde los cuatro meses de edad. Sin embargo, su coste y el escaso número de personas competentes para aplicarlos, limitan su uso real.
 
Recientemente, por la empresa Bioiberica Veterinaria está comercializando una innovadora técnica para identificar de forma temprana a perros con una alta probabilidad de estar libres o padecer displasia de cadera. O bien para establecer un calendario óptimo de seguimiento y tomar medidas preventivas que retarden el desarrollo de la enfermedad.
Se llama Dysgen©, es un chip líquido de ADN que detecta simultáneamente 7 marcadores genéticos asociados a displasia de cadera y determina la predisposición genética de un Labrador Retriever de raza pura, a desarrollar esta enfermedad. Esta tecnología permite, a partir de una simple muestra de sangre, obtener el ADN del perro, y analizar los marcadores genéticos de interés.
 
Otros métodos como la ecografía, cintigrafía, resonancia magnética, análisis del líquido articular o el análisis de los genes están aún en desarrollo y requieren investigaciones futuras, antes de poder demostrar su fiabilidad.
 
Tratamiento
 
El tratamiento de la displasia de la cadera es un problema complejo que ha suscitado numerosos interrogantes. El tratamiento depende de la etapa en la que se interviene.
En el sujeto muy joven, es posible practicar intervenciones quirúrgicas. Estas intervenciones consiste en osteotomías (sección quirúrgica de los huesos) de la pelvis y/o del fémur. orientadas a restablecer la buena congruencia articular. También es posible actuar sobre la sínfisis púbica, con el fin de modificar el crecimiento de los animales y el desarrollo de la cadera.
En el sujeto adulto, la elección de la terapia es más ardua. Para un perro displásico que presente pocas modificaciones artrósicas, es posible proceder a una resección de la cabeza del fémur. El cuello y la cabeza del fémur son retirados y los contactos dolorosos suprimidos. La articulación en sí deja de existir, y los huesos son mantenidos en su posición gracias a las masas musculares. Otra posible solución consiste en sustituir las estructuras naturales por una prótesis de cadera, que permite al animal recuperar una articulación normal.
Sin embargo, para un perro displásico, cuyas caderas están muy afectadas por las modificaciones artrósicas, la cirugía es difícilmente aplicable, por lo que el tratamiento será paliativo, utilizando medicamentos de acción analgésica,  antiinflamatoria y protectores de cartílago (condroprotectores).
 
En cualquier caso, se aconsejan medidas higiénicas. Conviene evitar el sobrepeso y son preferibles los largos paseos a los esfuerzos breves. Además, en todos los casos, el tratamiento sólo puede ser paliativo, por lo que un animal displásico, siempre será displásico.
 
Aspecto genético
 
 
La displasia de la cadera es una afección hereditaria, es decir, que se transmite de un individuo a sus descendientes por medio de sus genes. El modo preciso de transmisión es aún poco conocido, sin embargo, se trata de un modo que incluye a varios genes (probablemente más de 15). Se habla de un sistema poligénico con «umbral», es decir, que un individuo puede ser portador de genes codificados para la displasia y no manifestarla, debido a que el  número de estos genes es inferior al «umbral».
 
Además, el aspecto de la cadera constituye el fenotipo del perro. Éste representa en realidad la suma del genotipo (la información contenida en los genes) y de los efectos del entorno (sanitario, físico y nutricional). Por ello, el hecho de que un perro no esté afectado por la displasia (fenotipo) no significa que no sea portador de los genes (genotipo), por lo que existen «portadores sanos» que son muy difíciles de detectar.
 
Se habla de heredabilidad para definir la proporción de un factor transmitido por los genes. Se trata de una cifra que varia entre cero y uno. Si la heredabilidad es de cero, el carácter no es hereditario, si la heradibilidad es uno, el carácter está determinado en su totalidad por la genética, sin que el medio ejerza influencia alguna. Para la displasia de la cadera en el Labrador, la heredabilidad varía entre 0,35 y 0,45 según las estimaciones y las poblaciones, lo que significa que los factores ambientales actúan en un 60% sobre la manifestación de la enfermedad. Entre estos factores, se encuentra, en primer lugar, el ritmo de crecimiento, cuanto mas elevado sea, mayor es el riesgo.
 
La alimentación es un factor importante, la mayoría de los animales presentan una sobrealimentación y, en consecuencia, un exceso de peso, por lo que el riesgo de desarrollar la afección es mayor, especialmente si dicho exceso se manifiesta desde la edad más temprana. En el plano nutricional, el aporte de vitamina C ofrece resultados interesantes.
Además, debe limitarse el ejercicio físico en los cachorros susceptibles a desarrollar isplasia. El esqueleto inmaduro soporta mal los esfuerzos importantes que podrían aplicarse si el ejercicio es demasiado intenso o largo. Sin embargo, estas recomendaciones afectan a los sujetos potencialmente portadores de los genes responsables de la displasia. Es inútil restringir la alimentación y el ejercicio en los sujetos no predispuestos. Por todo lo anterior, parece primordial intentar conocer el carácter predispuesto o no de los indivíduos. Para ello, es necesario controlar la cría de los animales, lo que permite asimismo diseñar planes de erradicación.
 
Plan de erradicación
 
La displasia de la cadera es una tara hereditaria. Sin embargo, su modo de transmisión hace muy difícil su erradicación, es difícil distinguir a los perros portadores de los genes, cuyo entorno haya sido suficientemente controlado para disminuir la manifestación de la enfermedad, de los perros portadores sanos, portadores de una parte de los genes, y de los perros totalmente indemnes.
Por este motivo, desde hace muchos años, los distintos clubes de Labrador han intentado poner a punto programas de erradicación. En primer lugar, se trata de evitar la reproducción de los perros afectados.
 
El protocolo utilizado con mayor frecuencia, es el aconsejado por la FCI y la OFA. Las caderas son radiografiadas a la edad de los 12 meses como mínimo. La interpretación de las radiografías sólo puede efectuarse por parte de un lector oficial de la raza Labrador. Siguiendo los criterios de apreciación clásicos; congruencia, aspecto de los huesos y la articulación, presencia o no de artrosis, la articulación se clasifica en 5 grados que van de la A (indemne) al E (muy displasico).
 
Para un mismo animal, se estudian y gradúan las dos caderas. Sin embargo, sólo se conserva el grado más displásico para la evaluación del animal en sí. De este modo, si un animal tiene una cadera clasificada A y una cadera clasificada C, será clasificado como C. Mediante esta clasificación, conviene apartar a los sujetos demasiados displasicos (D y E) de la reproducción. Este baremo es sencillo, pero parece demasiado impreciso, ya que no se tiene en cuenta la evolución de los perros, y sería interesante repetir la prueba a la edad de los 24 meses. Este programa tiene una eficacia demostrada, pero debido al modo de transmisor complejo de la afección, los progresos son lentos y pequeños.
 
 
Clasificación de grado de displasia
El dictamen se encuadrará en la siguiente clasificación, la cual sigue las normas de la Comisión de Displasia Coxofemoral de la FCI, y las recomendaciones del Club Español del Rottweiler y del ADRK.
  • Grado A – Ausencia de signos radiográficos de displasia de cadera
  • Grado B – Articulaciones de caderas casi normales
  • Grado C – Leves signos de displasia de cadera
  • Grado D – Moderados signos de displasia de cadera
  • Grado E – Severos signos de displasia de cadera
Existe una correspondencia entre el sistema AVEPA y BVA, que es más o menos, la que sigue:
 
      AVEPA          BVA
  •         A             Hasta 10
  •         B           Entre 11 y 25
  •         C           Entre 26 y 35
  •         D           Entre 36 y 50
  •         E          Entre 51 y 106

 

Las puntuaciones númericas de BVA, se obtienen al sumar las puntuaciones de las dos caderas. BVA recomienda criar con perros que tengan menos de 20.


 
 
 
 
 
 
  




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